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Beidou & Amber: Bajo las Luces del Puerto de Liyue


 Resumen: Tras regresar de una peligrosa expedición a Liyue Harbor, Beidou pasa una noche tranquila en el The Crux junto a Amber, quien finalmente reúne el valor para confesar sus sentimientos. Lo que comienza como una conversación incómoda y sincera termina en un beso impulsivo que deja a Beidou completamente sorprendida… y queriendo acercarse más a ella.




La noche había caído sobre el puerto de Liyue Harbor, envolviendo los muelles en una mezcla de luces cálidas, olor a sal y madera húmeda. El enorme casco del The Crux descansaba finalmente inmóvil después de semanas navegando mar abierto. Las velas habían sido recogidas, las cuerdas aseguradas, y las voces de la tripulación se alejaban poco a poco mientras los marineros descendían del barco entre risas cansadas.

—¡Capitana, nos vemos mañana!
—¡No se vaya a desaparecer otra vez sin avisar!

Beidou levantó una mano sin mirar atrás, dejando escapar una risa grave y relajada.

—Descansen. Ya sobrevivieron suficiente por un mes.

Uno a uno fueron marchándose, hasta que el barco quedó en silencio.

El mar golpeaba suavemente contra el casco. A lo lejos podían escucharse conversaciones dispersas del puerto y música tenue proveniente de alguna taberna. Beidou permaneció apoyada sobre la baranda principal, observando las luces reflejarse en el agua negra.

Por primera vez en semanas, no tenía que dar órdenes.

No tenía que vigilar tormentas.

No tenía que sostener el peso de toda la tripulación sobre sus hombros.

Y aun así… su mente seguía inquieta.

Había pasado tantos años en el mar que el silencio de la calma le resultaba extraño. Incómodo, incluso. La capitana del Crux siempre parecía enorme frente a los demás: segura, ruidosa, imposible de intimidar. Pero a solas, bajo la noche y lejos de las carcajadas de su gente, a veces recordaba lo cansada que podía llegar a estar.

Bajó la mirada hacia sus manos. Pequeñas cicatrices recorrían sus dedos y muñecas. Algunas ya ni siquiera recordaba cómo las había conseguido.

—Hah… —exhaló lentamente.

Quizá debería bajar al puerto. Buscar sake. Alguna pelea. Cualquier cosa para dejar de pensar.

Entonces escuchó pasos.

Ligero. Rápidos. Dudosos.

Beidou giró apenas la cabeza, esperando encontrar a alguno de sus marineros olvidando algo. Pero en lugar de eso, vio una figura pelirroja detenerse cerca de la entrada del barco.

Amber.

La exploradora de Mondstadt llevaba ropa de viaje ligera y parecía ligeramente fuera de lugar entre las oscuras cubiertas del Crux. Cuando sus miradas se cruzaron, Amber se quedó completamente quieta.

Beidou arqueó una ceja.

—Bueno… eso sí no me lo esperaba.

Amber soltó una risa nerviosa.

—H-Hola.

—¿Qué haces en Liyue a estas horas? —preguntó Beidou—. Y más importante… ¿qué haces en mi barco?

Amber abrió la boca para responder… pero ninguna palabra salió al principio. Su rostro empezó a ponerse rojo casi de inmediato.

Beidou parpadeó.

Amber miró hacia otro lado.

—Yo… bueno…

—¿Hm?

La joven jugueteó torpemente con uno de sus guantes antes de responder en voz baja:

—Tenía ganas de verte.

El silencio que siguió fue casi cómico.

Beidou la observó varios segundos, claramente confundida. No parecía una mentira. Amber estaba demasiado avergonzada para eso.

—…¿Eh?

Amber se cubrió parte del rostro.

—¡Dicho así suena raro!

Beidou soltó una carcajada fuerte que rompió completamente la tensión.

—¡Sí, un poco!

—¡No era en ese sentido! Bueno… no exactamente… yo… agh…

Mientras Amber se hundía más y más en su propia vergüenza, Beidou terminó sonriendo de lado. No entendía del todo qué estaba pasando, pero la reacción de Amber era demasiado sincera como para burlarse demasiado.

La capitana volvió a apoyarse sobre la baranda.

—Bueno, ya estás aquí. Ven.

Amber dudó un segundo antes de acercarse lentamente.

El mar nocturno se extendía frente a ambas. Desde el puerto llegaba el sonido lejano de la vida nocturna de Liyue.

—¿Entonces? —preguntó Beidou—. ¿Viniste desde Mondstadt solo porque “tenías ganas de verme”?

Amber infló ligeramente las mejillas.

—Cuando lo repites suena peor.

—Porque sí suena raro.

—Capitana…

Beidou volvió a reír.

Amber terminó soltando una pequeña sonrisa resignada. Después de unos segundos, apoyó los brazos sobre la baranda junto a ella.

—Escuché que el Crux había vuelto hoy —dijo finalmente—. Y pensé… que quería asegurarme de que regresaras bien.

Las palabras fueron mucho más suaves esta vez.

Beidou dejó de sonreír por un instante.

No estaba acostumbrada a eso.

La gente celebraba sus victorias. Admiraba sus historias. Bebía con ella, peleaba con ella, seguía sus órdenes. Pero preocuparse simplemente por si regresaba sana y salva… eso era distinto.

El viento nocturno movió lentamente el cabello de ambas.

—Hah… —Beidou miró hacia el horizonte—. Supongo que sí regresé bien.

Amber sonrió un poco más tranquila.

—Me alegra.

Durante unos momentos ninguna habló.


El viento marino soplaba con suavidad sobre la cubierta del Crux. Las luces del puerto seguían danzando sobre el agua mientras la noche avanzaba lentamente, tranquila, casi íntima.

Amber permanecía apoyada junto a Beidou, mirando el horizonte aunque claramente distraída. Sus dedos se movían inquietos sobre la madera de la baranda, como si estuviera reuniendo valor para algo.

Beidou lo notó de inmediato.

Era difícil esconder nervios frente a alguien acostumbrada a leer tormentas y tripulaciones enteras.

—Te ves demasiado tensa para alguien que solo vino a saludar —comentó la capitana con una pequeña sonrisa ladeada.

Amber dio un pequeño salto.

—¿Q-Qué? No estoy tensa.

—Claro.

—¡No lo estoy!

Beidou soltó una risa baja.

Amber intentó mantener la compostura unos segundos… pero terminó desviando la mirada, derrotada.

—Tal vez un poco…

—¿Y eso?

La exploradora dudó.

Otra vez.

Beidou empezó a notar detalles que antes simplemente había dejado pasar. La forma en que Amber evitaba verla directamente por demasiado tiempo. Cómo parecía ponerse roja cada vez que sus hombros se rozaban apenas por el movimiento del barco. Incluso la manera en que había ido acercándose poco a poco sin darse cuenta.

Era… extraño.

Porque Beidou conocía muy bien las miradas de admiración. Las de respeto. Incluso las de deseo. Había visto suficientes en tabernas y puertos durante años.

Pero esto se sentía distinto.

Más inseguro.

Más sincero.

Amber respiró hondo de repente, como alguien preparándose para saltar desde un acantilado.

Y entonces dio un pequeño paso más cerca.

Beidou levantó apenas una ceja.

Amber quedó tan próxima que la capitana podía notar el calor de su cuerpo pese al aire frío de la noche. La joven parecía debatirse internamente entre huir o quedarse ahí para siempre.

—Amber… —dijo Beidou lentamente—. ¿Qué estás haciendo?

—Yo…

La exploradora tragó saliva.

Sus ojos finalmente se levantaron hacia ella.

Había nervios ahí. Muchísimos. Pero también decisión.

—Quería verte porque… porque te extrañé.

Las palabras salieron rápidas, casi atropelladas.

Beidou se quedó quieta.

Amber continuó antes de perder el valor.

—Cuando escuché historias de la expedición… tormentas, monstruos marinos y todo eso… no podía dejar de pensar en si estabas bien. Y cuando supe que regresarías hoy… vine enseguida.

La capitana la observó en silencio.

Y poco a poco empezó a entender.

Ah.

Ah.

Las piezas finalmente encajaron en su cabeza.

La manera en que Amber había venido sola al barco.

Su nerviosismo.

La vergüenza constante.

Las miradas rápidas que creía discretas.

Beidou notó entonces que Amber estaba mirándola otra vez. No como alguien admirando a una heroína famosa.

Sino como una mujer mirando a alguien que le gustaba de verdad.

La realización le produjo una sensación inesperadamente extraña en el pecho.

No desagradable.

Solo… inesperada.

Beidou era muchas cosas. Temeraria. Ruidosa. Fuerte. Pero no precisamente experta manejando emociones delicadas. Mucho menos cuando iban dirigidas hacia ella de una forma tan honesta.

Amber pareció notar el silencio demasiado largo y empezó a entrar en pánico.

—N-No tienes que decir nada —habló rápidamente—. Perdón, yo solo quería—

Pero antes de que terminara, Beidou soltó una risa suave. Mucho más tranquila que las carcajadas escandalosas de antes.

—Con que era eso.

Amber se congeló.

La capitana se giró un poco hacia ella, apoyando un brazo sobre la baranda.

—Sabes… normalmente la gente intenta invitarme tragos primero antes de mirarme así.

Amber sintió que el rostro le ardía.

—¡Beidou!

—¿Qué? Es verdad.

Aunque seguía sonriendo, la mirada de Beidou había cambiado ligeramente. Más atenta. Más consciente de la cercanía entre ambas.

Ahora que lo había notado, era imposible ignorarlo.

Amber realmente estaba intentando acercarse a ella.

Y honestamente… eso le gustaba más de lo que esperaba.

La capitana observó a la joven unos segundos más antes de hablar otra vez.

—Eres valiente, ¿lo sabías?

Amber parpadeó.

—¿Eh?

—Venir hasta aquí sola. Decirme todo eso directamente. Mucha gente le teme a la Capitana Beidou.

—Bueno… yo no.

La respuesta salió tan rápida y sincera que ambas quedaron en silencio un instante.

Después Amber desvió la mirada, avergonzada otra vez.

Beidou soltó otra pequeña risa.

—Sí, creo que ya me di cuenta.

Por primera vez desde que regresó de la expedición, el cansancio en los hombros de Beidou parecía haberse aligerado un poco.

Amber permanecía junto a Beidou apoyada sobre la baranda, todavía intentando recuperarse de toda la vergüenza que había pasado durante la última conversación. Sentía el corazón acelerado incluso aunque ya no estuviera hablando. Cada vez que miraba de reojo a Beidou, la presencia de la capitana parecía llenar toda la cubierta por sí sola.

Beidou, por otro lado, intentaba aparentar tranquilidad, aunque por dentro seguía procesando muchas cosas. Ahora que había entendido las intenciones de Amber, empezaba a notar detalles que antes simplemente le parecían casuales. La manera en que Amber buscaba cualquier excusa para quedarse cerca. Cómo sus ojos volvían constantemente hacia ella. Incluso el leve nerviosismo que parecía aparecer cada vez que Beidou sonreía.

Era extraño.

No desagradable. Solo extraño.

Porque Beidou estaba acostumbrada a la admiración. A las historias exageradas, las apuestas en tabernas y la gente fascinada por la Capitana del Crux. Pero Amber no la miraba como una leyenda.

La miraba como si fuera simplemente ella.

Amber respiró profundo antes de reunir valor nuevamente.

—¿Por qué no me cuentas cómo te fue en la expedición?

La pregunta tomó a Beidou un poco desprevenida. Giró apenas el rostro hacia ella, levantando una ceja.

—¿Quieres escuchar historias del mar?

Amber asintió rápido.

—Sí. Debieron pasar muchas cosas. Y… me gusta escucharte hablar.

La sinceridad de la respuesta hizo que Beidou soltara una pequeña risa por la nariz. Después apoyó ambos brazos sobre la baranda y observó el horizonte unos segundos antes de asentir.

—Bueno. Hubo una tormenta horrible hace unas semanas. Una de esas que hace pensar hasta a los marineros veteranos que el océano quiere tragárselos.

Amber sonrió apenas mientras la escuchaba.

—Sonaba divertido cuando lo dijiste tú.

—No lo era tanto en ese momento.

Beidou comenzó a relatar cómo el barco había quedado atrapado entre olas enormes y corrientes imposibles de leer. Su voz era grave y tranquila, muy distinta a la imagen ruidosa y desafiante que mostraba normalmente frente a su tripulación. Amber terminó olvidándose por completo del puerto, del viento y hasta de sus propios nervios mientras la escuchaba.

Y entonces ocurrió.

Porque mientras Beidou hablaba, Amber dejó de prestar atención a la historia.

Se quedó mirando su rostro.

La manera relajada en que hablaba. El movimiento suave de sus labios. La pequeña sonrisa orgullosa que aparecía cuando mencionaba a su tripulación. Incluso la cicatriz bajo el parche parecía verse hermosa bajo las luces del puerto.

El corazón empezó a latirle demasiado rápido.

Intentó controlarse.

De verdad lo intentó.

Pero cuanto más la observaba, más imposible le parecía quedarse quieta.

Y antes de que pudiera arrepentirse, Amber se movió.

Sujetó las mejillas de Beidou con ambas manos y la besó.

Todo se detuvo.

Beidou quedó completamente inmóvil.

Su mente, acostumbrada a reaccionar rápido incluso en medio de monstruos marinos y tormentas, simplemente dejó de funcionar durante unos segundos.

El beso fue impulsivo y nervioso, pero cálido. Muy cálido.

Amber estaba temblando ligeramente.

Y eso solo hacía que todo se sintiera más real.

Cuando finalmente se separó, la exploradora abrió los ojos lentamente… y el terror apareció en su rostro casi de inmediato.

Porque Beidou seguía congelada.

Paralizada.

Mirándola sin decir absolutamente nada.

Amber retrocedió medio paso de golpe, soltándola como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho.

—Y-Yo… —balbuceó, completamente roja—. Perdón. Perdón, yo no quería… bueno sí quería pero no así o sea—

Beidou seguía sin reaccionar.

Eso solo empeoró el pánico de Amber.

—¡Puedes ignorarlo! ¡Olvida que pasó! Yo solo… dejé de pensar completamente…

Finalmente, Beidou parpadeó.

Lento.

Luego llevó una mano hacia su propio rostro, todavía intentando procesar la sensación del beso.

—…Me besaste.

Amber sintió que quería arrojarse directamente al océano.

—Sí…

La respuesta salió tan pequeña y avergonzada que Beidou casi habría soltado una carcajada en cualquier otra situación. Pero todavía estaba demasiado sorprendida.

Porque nadie la había tomado desprevenida así en años.

Y mucho menos alguien como Amber.

La capitana observó a la joven unos momentos más. Amber no podía ni sostenerle la mirada ya. Parecía completamente convencida de que acababa de destruir cualquier posibilidad entre ambas.

Pero mientras la veía ahí, nerviosa, roja y esperando una respuesta casi sin respirar… Beidou sintió algo extraño apretarle el pecho.

Algo inesperadamente suave.

Lentamente, una sonrisa empezó a aparecer en su rostro.

No era su sonrisa arrogante habitual.

Era más tranquila.

Más sincera.

—Aunque creo que casi me matas del susto… —murmuró finalmente.

Amber levantó la vista de golpe.

La expresión de Beidou había cambiado.

Seguía sorprendida, sí. Pero ya no parecía incómoda.

Ahora la estaba mirando de otra forma.

Más consciente.

Más cercana.

Beidou terminó acercándose apenas unos centímetros hacia ella, lo suficiente para hacer que Amber volviera a contener la respiración.

—Pero no dije que me molestara.

El silencio que siguió se sintió más intenso que cualquier tormenta que Beidou hubiera enfrentado en el mar.


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